No tenemos un plan

Publicado: Noviembre 2008
Autor: Débora Grätzer

No tenemos un plan: mi abuela está enferma. Enferma y mayor. Y si bien ella no es -en rigor de la historia- una de las fundadoras de la empresa de familia, está dentro de la primera camada de colaboradores y, con el correr de los años, se transformó en una piedra basal. Nadie se imagina a la institución sin ella.

Hace un par de días me contó que, cuando todavía era sólo una secretaria, a comienzos de los años ’60, pasó por la que durante 33 años fue la gran casona en la cual funcionamos, y al ver que estaba en alquiler, sin ningún tipo de aval o visto bueno de la Comisión Directiva, fue a la inmobiliaria a señarla. Ella fue creciendo dentro de la empresa, formándose, abriéndose camino, y hace ya más de 30 años que tanto ella como mi padre están a la cabeza de la institución.

Mi abuela es nuestra Recaudadora de Fondos, nuestra gran RR.PP. Su actividad ha menguado conforme ha ido envejeciendo, y nadie ha sido capacitado para continuar con su labor, para mantener y preservar sus tan meticulosamente mimados contactos clave. ¿Qué pasaría si los médicos le prohíben seguir trabajando? ¿Quién se ocuparía de hacer sus gestiones? ¿Y si acaso sus contactos no responden de la misma manera a un/una sucesor/a?

No puedo responder a estas preguntas. ¿Por qué? Porque no tenemos un plan –y al pensarlo me invade una gran preocupación-. ¿Por qué no tenemos un plan? ¿Acaso alguien en mi familia escuchó alguna vez hablar del Protocolo Familiar?

El Protocolo Familiar es una herramienta que permite a la empresa de familia prepararse para
la continuidad generacional. Al “diseñar” un Protocolo Familiar, podrán establecerse los lineamientos que regirán el manejo de la empresa en el inmediato, mediano y largo plazo. Es un instrumento que se va diseñando y delineando a través del tiempo. Marca los pasos a seguir, ahora y mañana, los límites, los senderos. Proyecta. Toma en consideración las características únicas de sus integrantes y contempla los posibles conflictos en relación a la historia de la familia previendo medidas para su resolución.

Permite establecer reglas claras y consensuadas, que deben ser comunicadas y comprendidas por cada uno de los miembros de la familia, provengan de las generaciones fundadoras como de la nueva generación. Y así como los fundadores y “cabezas” de empresa deben participar en la elaboración de este instrumento, es imprescindible que nosotros, los de la nueva generación, también aportemos, estemos trabajando en la empresa o planificando una futura inserción en ésta.

Mis experiencias laborales en otras organizaciones me confirmaron algo que siempre intuí: no me gusta recaudar fondos. No tengo la pasta que hace falta para ello. Mi padre ha tenido sus grandes aciertos en la materia, pero su temperamento es calmo, sereno, más bien contemplativo, más que proactivo. El caradurismo de mi abuela, el encanto para poder decir cualquier cosa y salir indemne, es algo que nadie posee en la institución.

Por otra parte, mi abuela cela con fervor sus contactos y cada vez que se acerca alguna circunstancia o evento importante para el cual es necesario obtener fondos, no permite que nadie, ni siquiera mi padre, inicie las gestiones con sus contactos. Estamos parados en tierra de nadie, me digo. Los días pasan, las gestiones se demoran, la familia se impone por sobre la empresa porque la salud de mi abuela no sólo nos preocupa, sino que requiere de múltiples atenciones, cuidados y compañía. No hay a quien decirle “por favor, ocupate de esto hasta que ella se recupere”.

Yo me transformo en una observadora relativamente pasiva. No puedo tomar las riendas de los que está demorado. Puedo, desde mi lugar, intentar delinear una estrategia de emergencia, intentar sembrar conciencia de lo importante que hubiera sido prever, planificar, tener un plan B. Pero concluyo que yo no quiero un “plan B”. Yo hubiera querido un buen plan. ¿Habrá llegado el momento de mirar al Protocolo Familiar a la cara y poner manos a la obra? Yo creo firmemente que sí.

“A las palabras se las lleva el viento”, dice el refrán. El Protocolo Familiar es la manera de registrar los deseos, expectativas y proyectos relacionados con la empresa, para que cuando llegue el momento del pase de posta no se atente contra el bienestar de la entidad y nadie quede desprotegido. Podemos planificar y así prevenir. No podremos subsanar las ausencias de aquellos que se van y que nos son tan queridos, pero podemos perpetrar su legado, honrar su sapiencia y experiencia, aportando nuestros propios condimentos, concretando así la continuidad empresaria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario