Publicado: Septiembre 2008
Autor: Débora Grätzer
¿Mi papá es “mi papá” o Héctor?. ¿Mi abuela es “mi abuela” o Perla? Cada vez que me tengo que referir a mi padre, mi madre, mi abuela o mi hermano frente a terceros en el marco de la empresa de familia, no termino de sentirme cómoda con ninguna de las denominaciones.
Preguntarle a alguien si “¿Llegó mi viejo?” suena poco profesional. Preguntar si “¿Llegó Héctor?” me hace sentir despersonalizada. ¿Cuál es entonces el límite que permite que el personal “extra familiar” de la empresa no se sienta excluido de un clan al percibir la sensación de que quienes sí formamos parte de éste gozamos de determinados privilegios?
En muchas empresas de familia, se le otorga un espacio a la nueva generación por motivos que poco tienen realmente que ver con el crecimiento de la entidad: para que los chicos hagan algo además de estudiar, para que den una mano con algunas cositas, sin importar si quienes son “forzados” a integrar la empresa tienen otros planes en mente.
Frente a los ojos de los demás empleados, ese integrante de la nueva generación es alguien que con poco esfuerzo tiene un sueldo (muchas veces, un buen sueldo) garantizado. Falta a su trabajo cuando tiene exámenes, no respeta los horarios de entrada y salida, todo bajo la anuencia de los directivos (padres o abuelos) que, con tal de que “los chicos hagan algo”, mejor esto que nada.
No obstante, el malestar ya ha comenzado a gestarse en el día a día. Quienes respetan un horario, cumplen con sus tareas y responsabilidades y deben presentar constancias ante enfermedad o examen ven con mala cara el “hago como me plazca” de los hijos o nietos de…
Mi historia particular con la empresa de la cual formo parte, está conformada por varios capítulos. Cuento en mi haber con distintas “estadías” de duración variable: algunas veces de 1 año, otras de 2 ó 3. Luego partía hacia alguna oportunidad laboral más desafiante. Y tras un período lo suficientemente extendido como para haber acumulado experiencia y lograr “descontaminarme” de los dimes y diretes de los conflictos familiares, me acercaba con una propuesta para concretar mi reinserción.
Hace varios años ya que siento que mi futuro está dentro de dicha institución. Mis regresos nunca fueron oportunistas. No obstante, a cada vuelta se correspondía un surtido de caras largas, rumores de pasillo y malas lenguas que aseguraban que “yo era una viva bárbara” que ante la imposibilidad de conseguir otro trabajo, apelaba a mamá y papá.
La verdad de la historia, claro, es otra. Y para ello, ilustro con un ejemplo: en el año 1999 dejé un trabajo excelentemente remunerado. Sin embargo éste agotaba mis energías físicas y emocionales, y me provocaba una profunda frustración. Echando mano de una nutrida base de datos y muchos contactos personales envié más de 400 CV, me presenté en consultoras, tuve innumerables entrevistas, mas no pude conseguir trabajo. Teniendo un alquiler que pagar, estaba en problemas. Lamento que nadie se enterara en la institución la modalidad ejemplar bajo la cual mi padre aceptó ayudarme: la entidad atravesaba graves problemas financieros. No estaban en condiciones de darme un trabajo y pagarme un sueldo. Y tampoco le parecía “justo” darme un lugar por ser “hija de”. Por lo tanto, frente a esta sumatoria de factores, comencé trabajando por hora (aún recuerdo que en ese entonces, me pagaban $5 la hora, y al final de cada jornada, de 4 ó 5 horas cada una, me llevaba mis morlacos, tras firmar el recibo correspondiente).
Las malas caras y las malas lenguas también estuvieron presentes en esa ocasión. Pero yo admiré a mi familia por privilegiar la integridad y el crecimiento de la institución, y no un parentesco.
¿Cómo legitimar ante la totalidad del personal los valores que guían a la institución, aún los más complejos de transmitir?
Comprendo que para quienes no forman parte de la familia, la reincorporación de un integrante de ésta pueda provocarles una confusión entre los roles familiares y los empresariales, llegando a cuestionarse si lo que se defiende son los intereses de la familia o los de la empresa.
Una dolencia habitual de las empresas de familia es la de la omnipotencia: la fuerza de la unidad familiar todo lo podrá. Sin embargo, yo estoy segura de que el pedido de asesoramiento a un profesional no es síntoma de debilidad, sino todo lo contrario. Es factible que los directivos crean que amparados bajo la conducta de “las mismas reglas para todos”, los malestares de sus empleados desaparecerán, pero ello no es así. La construcción de un espacio para la escucha, las quejas y los reclamos, puede requerir de ayuda externa y calificada que facilite distinguir el árbol del bosque, en un marco de confianza, respeto y absoluta confidencialidad.
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